Sea Love Cap V

Por la mañana avistamos una costa del ártico, habíamos llegado. Di la orden de preparar navíos para ir a la ribera, me enarque junto con mis mejores camaradas dejando a John en el Saint Sapphire por su seguridad. Hacía mucho frio, el agua tenía escarcha. Desembarcamos en la costa y llamamos a que los científicos vinieran con nosotros. Recorrimos las playas, los biólogos y John estaban muy entretenidos, yo por mi parte tenía mis pensamientos en otra parte.
Para la noche, nos dispusimos a construir un refugio del frio y la nieve. Encendimos un par de fogatas para mantenernos calientes, uno de mis hombres cantaba canciones y otro preparo algo para comer, así pasamos nuestra primera noche en el helado y solitario Ártico.
- ¡Capitán! – llamo un marinero
- Dígame – respondí con un grito
- ¡Venga aquí!
Atendí a su llamado y fui lo más rápido que la nieve me lo permitió. Él estaba parado en una especie de vertiente y vio un par de osos jugando a lo lejos.
- Eso es increíble… - me sonreí y vi que John también contemplaba a esos majestuosos animales
- Nunca veremos algo así de increíble – me dijo el marinero
- Son un par de cachorros… - seguí mirando, buscando por la madre de los osos.
Entonces la vi, se acercaba a sus crías con una foca en su hocico. Los pequeños corrieron a ella y se pusieron a destrozar esa sabrosa comida que su madre les había conseguido. Extrañe a mis padres en ese momento. Gracias a mamá yo había leído muchos libros y sabía hablar varios idiomas. Gracias a papá había descubierto mi sueño más grande, navegar en el gran océano. Los extrañaba mucho, cada vez que podía leía las viejas bitácoras de los viajes de papá. Y mi querida hermana, hacía tiempo que no la veía. Ahora vivía con mis tíos, y estaba comprometida con un gran empresario americano. Ella estaba feliz, por lo menos eso fue lo que escribía en sus montones de cartas que me enviaba.
Pasaron muchas noches, largas y majestuosas noches en esas frías, salvajes y hermosas tierra heladas. La descripción de estas tierras me recuerda a un escandinavo, con el cual no dejo de soñar.
Al quinceavo día zarpamos de vuelta a las costas noruegas.
El viaje de regreso a los Estados Unidos fue silencio, entre John y yo. Él sabía que yo no estaba pensando en él, que tenia a otra persona en mis pensamientos y me estaba monopolizando totalmente.
El sol brillaba cálido y seguro arriba en el medio del cielo, era mediodía de una hermosa primavera y nosotros llegábamos a los puertos de New Orleans. Todos estaban extasiados, solo querían pisar la madre tierra y sentir los cálidos mimos de sus familias y su gente. Yo por otra parte, quería volver al norte y quedarme en el puerto noruego en espera de mi Taulo.
- Capitán Wisconsin – un viejo de barba blanca y elegantes ropas me saludo cuando baje del navío
- General Rodewood. Gusto en encontrarlo aquí
- Como dices niño! Eres mi protegido! – rio tocándose la barba - ¿Ha sido una buena experiencia?
- Afortunadamente si lo fue, General
- Uh! Eso habla bien de ti! Sabía que podían encargarte este gran viaje! Eres un muchacho con mucho futuro
- Muchas gracias, General
- Tengo cosas de que hablar contigo – me guiño un ojo – será mejor que te limpies y vengas a verme para cenar esta noche a mi casa
- Ah… allí estaré, señor
- Nos vemos, hijo!
- Adiós
No tenía ganas de visitar a su ruidosa esposa e hija, solo quería descansar y ver a mí hermana. El viaje en si había sido exitoso en cuanto al objetivo, pero personalmente solo me causo más problemas. El capitulo que creí cerrado volvió a abrirse, pero esta vez mi corazón no es el único que está en juego sino también el de John.
Cumplí y les di la paga justa a todos mis marineros. Me agradecieron con un gran canturreo, típico de marineros. Me fui a la posada donde tenía un cuarto y me bañe. No podía sacarme a Taulo de la mente, estaba excitado, lo necesitaba y para colmo John se fue a la posada de su tía. Así que me encontraba solo en una fría y oscura habitación en medio de la ciudad de New Orleans. Me vestí con ropas formales, lo cual me disgusto, sentía que de alguna forma ese muchacho que veía en el espejo no era yo. Tome el reloj que mi padre me obsequio y salí, afuera una carroza me esperaba.
Había olvidado lo molesto que resultaba ser parte de la aristocracia. Me disgustaba el hecho de sonreír y ser cordial hasta con el mas idiota y caprichoso señorito que vino de Inglaterra creyéndose que por ser adinerado podía hacer lo que se le pasca.
Llegue a la casa del General, él y su familia me recibió cordial y ruidosamente. Nos sentamos a la mesa en la hora de la cena, me sentaron frente a su hija. Ella se llama Sofía, dieciséis años, risos pelirrojos, ojos verdes y brillantes, una ‘simpática’ personalidad y su gran encanto de andar luciendo un enorme broche en el escote, que ya de por si lucia solo.
- Dime Nicolai ¿Esas tierras son tan frías como dicen? – la señora Rodewood con sus típicas mejillas regordetas
- Muy frías y solitarias… pero no por eso dejan de ser hermosas
- A Sofía le gustaría viajar a Noruega… ¿cree que sea lugar para una niña?
- Noruega es un lindo lugar… le recomiendo que lo visite en verano es un bello paisaje durante esa época
- Señor Wisconsin… ¿es verdad que nunca anochece en verano? – Sofía con las mejillas del mismo rosa que su madre
- Es verdad… - recordé aquel cielo, aquel sol que brillaba tenue en el horizonte mientras me despedía de Taulo. Un frio recorrió mi cuerpo. Me sentí solo en esa mesa tan cordial, en esa casa tan llena de vida. Lo quería a él, a mi vikingo.
- Muchacho… te has puesto blanco como la leche – el General
- ¿está bien Nicolai? – la señora
- Yo… no es nada… - sonreí aunque sentía que mi estomago se cerraba y mi pecho me pesaba.
- ¿Estás seguro, hijo?
- Si, General. Gracias…
La cena paso, me pareció que duro toda una eternidad. El General me llamo a su despacho y me invito un poco de brandi, lo rechace sentía que si bebía eso vomitaría, apenas si pude tragar el postre.
- ¿La has pasado bien, hijo?
- Si, fue una cena deliciosa.
- Hice bien en contratar a mi casera, ella es la mejor cuando se trata de comidas– rio dándole un sorbo a su vaso – Había dicho que quería hablar contigo…
- Así es, General
- Bueno… es por eso que lo invite a cenar con mi mujer y mi hija…
- ¿Señor?
- Me gustaría que mi hija se casara con usted
- ¿Casarnos? – ni hablar
- Si. Capitán Wisconsin lleno de ambiciones y un gran futuro por delante. Sin mencionar de que es buen mozo, y ha cautivado a mi hija desde el principio
- Es un gran alago, señor… - ni hablar, no me casaré con esa niña rica
- ¿y bien qué dice?
- No quiero que se ofenda… pero deberé meditarlo
- Emm… por supuesto.
- Muchas gracias, General… por todo – déjame ir viejo
- De nada, es todo un placer cuando se trata de ti muchacho – se levanto y estrechamos nuestras manos en un cordial saludo
Prácticamente hui al mi carruaje, no quería saber nada de compromisos. Mi corazón está en otra parte. Pero… ¿no sería mejor casarme con Sofía? De esa manera dejaría un legado, y no solo un montón de estúpidos dibujos y viajes. Llegue a la posada, me deshice de ese molesto traje y me recosté en la cama.
Estaba solo, nuevamente solo.
¿Debería volver al norte? O ¿debería aceptar la mano de Sofía? O ¿debería seguir como antes?
De ninguna manera… mi corazón se me fue usurpado, por un hombre. Eso es anormal. ¿Qué clase de pensamientos son los que se apoderaron de mí al dejarme llevar con ese vikingo?
Tal vez deba casarme con Sofía, es una niña… y solo deberé usarla para que engendre mi legado.
 Soy un marinero, mi amor es el mar. Ese fue mi primer amor, mi amor más profundo y fiel.

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