Corazón de Juguete - Capítulo IV

Como todas las tardes, me la pasé trabajando en la clínica veterinaria. Bañé y me ocupé de la peluquería y acicalamiento de cómo diez perros, estando en época invernal las mascotas cambiaban de pelaje y necesitaban atención estética. Había comenzado el receso invernal ese mismo día, ahora tenía dos semanas para relajarme y hacer más dinero al trabajar unas horas como paseador de perros que era un servicio que ofrecía la clínica. Acepté ya que así juntaría más dinero para alquilar un departamento e irme a vivir solo.

El hecho de no tener clases, me había dado un respiro con Marcos. Siempre me incomodaba, y más cuando me di cuenta de que lo que sentía era algo tan vergonzoso que había noches en las que no podía pegar un ojo. Me tenia nervioso. Pero él no lo sabía. Y trataba de que mi corazón supiese controlarse y se mantuviera susurrando en voz baja. El receso invernal me daba un buen respiro de Marcos.

O al menos eso creí cuando salía del trabajo, lo encontré esperándome en la entrada.
Por supuesto mi corazón se sobresaltó dando un grito de alegría y emoción, pero hice lo posible para que no se notara lo alterado que estaba por dentro. La punta de su nariz estaba algo roja, parecía haber estado esperando un rato. Pero se veía bien. Era atractivo, con su barba prolijamente recortada, sus ojos esmeraldas resaltaban debido al color verde de su bufanda y el negro de su abrigo.

Nunca me había fijado en la belleza de ninguna otra persona, pero en cuanto presté atención a cada facción de su rostro, me di cuenta de que me parecía algo muy bello. Sí, era torpe. Pero hasta eso me parecía hermoso. Tenía una marca de varicela en su mejilla derecha que ahora era tapada por su tupida barba. Le gustaba el color azul coral y el verde; era fanático de bandas inglesas de los 70’s, también le gustaba el punk inglés; sabía tocar el bajo y estaba aprendiendo a tocar el teclado; tenía la maniática obsesión de fruncir el entrecejo cuando leía algo. Sus labios estaban, a menudo, algo lastimados debido a que solía mordérselos cuando se concentraba. Tenía dos gatos, Liam y Luna, los amaba, podía pasar horas hablando sólo de sus gatos. Siempre llevaba algún caramelo en sus bolsillos, el de ananá su sabor preferido.

Había aprendido muchas cosas de él con solo escuchar y observar. Me parecía maravilloso, cautivante, hermoso.

- ¿Qué onda? – saludó extendiendo su puño

- Hola – correspondí su saludo. Un saludo que antes creía estúpido, pero ahora era algo más que compartíamos y me parecía algo grandioso.

- Te invito a comer algo… o tal vez a tomar algo

- Sabes que no tomo – me quejé comenzando a caminar

- Entonces vayamos a comer al centro comercial – carcajeó

- ¿Por qué viniste? Te dije que trabajaba… además seguro esperaste en el frío

- Yo también te extrañé, cariño – se burló con su típica voz cínica

- Marcos… - lo regañé

- Sé que es tu cumpleaños

- ¿Francisco te dijo? – dije con tono molesto. No me gustaba esa fecha.

- Sí – suspiró – Pero no te enojes… al menos quiero que hagas algo distinto en tu cumpleaños.

- Estoy algo cansado

- ¡No seas así, René! – se detuvo y me tomó por los hombros

- Lo… lo siento

- Sé que puedo ser molesto… Pero quiero que intentes disfrutar de tu vida y de las pequeñas cosas… como tu cumpleaños… Inténtalo ¿Sí?


Me sonreí. Sus ojos me hacían sonreír. Él era tan sincero conmigo que me daba alegría la confianza que él me tenía. No podía hacer nada más que escuchar lo que susurraba mi corazón al ver esos hermosos ojos verdes tan francos.

- De acuerdo – dije fingiendo algo de seriedad y falso desacuerdo

- Excelente – sonrió ampliamente, para luego ponerse a caminar con uno de sus brazos rodando mis hombros – Francisco y Fernando me dijeron que los llames cuando lleguemos al centro comercial

- Los llamaré

Llegamos al centro comercial luego de tomar el transporte público, al ser sábado estaría abierto un poco más de tiempo. Era un lugar enorme, de luces blancas y calefacción que mantenía el lugar a una temperatura ideal para divertirse sin problemas.

- ¿Qué quieres comer? – preguntó pasando su brazo por sobre mis hombros nuevamente

- No se… Tú planeaste esto… Me da igual

- Suenas a que lo haces a la fuerza – paso el peso de su cuerpo hacia mí fingiendo que estaba molesto

- ¡Ya… pesas! ¡Marcos! – Carcajeé mientras intentaba empujarlo

- ¡Buenas noches! – interrumpió una chica con una amplia sonrisa que llevaba una vincha con corazones y un vestido con un estampado de corazones rojos – Les tengo un cupón para el bar karaoke Sing Sunshine, este fin de semana tenemos un especial para parejas en honor al aniversario número cuatro del bar. De seguro que usted y su novia disfrutarán de una divertida y amorosa noche temática en el bar Sing Sunshine

- ¿Novia? – murmuré molesto

- Ah – él solo carcajeó y aceptó los cupones – Gracias

- ¡Gracias a ustedes! Que disfruten su cita – chilló la castaña. De seguro había una chica normal debajo de todos esos corazones rojos. Se alejó a hablar y propagandear el bar a una pareja de novios

- Que estúpida – murmuré mirándola

- Sólo hace su trabajo

- Sabes que no me gusta que me confundan con una chica – lo obligué a soltarme

- No te enojes por eso… ¿Recuerdas cómo nos conocimos? – rió – No seas tan gruñón

- Tú te pondrías así si te confundiesen con la noviecita de tu amigo… todo el tiempo – me senté en un banco que había cerca nuestro. Estaba molesto. Pero no sabía qué era lo que realmente me molestaba, ser tratado como su noviecita o el hecho de que no era su noviecita

- René… - se sentó a mi lado haciendo que nuestras piernas se tocaran – Quería dártelo luego… Pero
parece que ya no quieres estar aquí

- No es eso… - suspiré

- Me gustaría que estuviésemos a solas… pero bueno – carcajeó y de su mochila sacó una cajita – Feliz cumpleaños, René

- ¿Qué es eso? – lo miré sorprendido, no podía esconder mi sorpresa y la ansiedad que sentía al tenerlo cerca de mí.

- Tu regalo – rió – Tómalo, no te hagas de rogar

- Idiota – lo regañé

A regañadientes lo acepté y tome esa cajita color negra entre mis manos. Di un largo suspiró antes de abrir la caja de mala gana. Era un colgante del signo masculino, de un metal brillante. Una cadena de eslabones negros y rústicos lo acompañaba. Me sonreí porque siempre me estaba quejando de no ser tratado como un chico, sino como una chica, y ese regalo tenía lo que yo no.

- ¿Te gusta? Si quieres a la cadena la podemos cambiar por alguna que te guste… la verdad es que jamás fui bueno haciendo regalos, soy del tipo que arruina los cumpleaños…

Lo abracé. Fue lo único que quería hacer, fue lo único que deseaba hacer. Un gesto que no había apreciado desde la muerte de mis padres. Creí que mis cumpleaños jamás serían felices y alegres. Creí que jamás volvería a abrazar a alguien y que eso me provocase una alegría inmensa en mi interior.

Mi corazón estaba inquieto no tenía intención de dejar de hablarme, quería hablar por sí mismo. Deseaba volver a tomar conciencia de ese cuerpo que intento dejarlo de lado. Y la verdad es que no tenia excusa para impedirle la libertad que estaba necesitando.

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