Dr. Finnish - Capítulo 1: ¿Chico Problema?

- ¡Maldito niño estúpido!- blasfemó un chico de cabellos rojos sobándose el hombro – Con eso creo que aprenderás. Jamia es mi novia.
- Es mi amiga… - se quejó el otro chico apoyado contra una pared del baño
- Claro… amigos…- se rió creyéndose triunfal. Y con esos aires se retira de la escena junto con su par de amigos que aplaudían todo ese teatro.
Jake se dejó caer al suelo, se refregó la barbilla, le dolía, el maldito pelirrojo sabía golpear. Estaba cansado de que ese chico lo molestara por Jamia, quien había sido su amiga desde que tenían seis años. Le hacía hervir la sangre que ella no viera lo idiota que era su príncipe azul. Y como si fuese poco, ahora tendría él toda la culpa. Su mejor amiga lo culparía, la directora y su madre. Su madre… con el sólo hecho de pensar en ella le causaba un nudo en el estomago. Ella, según él, era una histérica.
Sonó la campana, el recreo había terminado. Se lavó la cara y vio su torso con unas nuevas marcas de golpes, y su rostro con el labio nuevamente cortado. Se sonrió al verse, le daba mucha ira, pero se reprimía porque lo iban a castigar de todas formas. Se fue a su salón y la profesora lo mandó a dirección, él de mala gana obedeció. Era lo usual. Se sentaba en el despacho de la directora, se comía su sermón del compañerismo y del futuro. Luego la secretaria y la preceptora se aparecían con su madre que trabajaba cerca de la escuela en un café como cocinera. Y nuevamente el sermón de todas las mujeres sobre su futuro y de los valores y al final ellas terminaba diciéndole que era sólo un chico y que necesitaba ayuda. Pero esta vez, la directora y sus allegadas sugirieron a la joven madre que sería interesante que Jake consultara un psicólogo ya que él era un buen estudiante, pero se metía en peleas. Algo debía estar mal y un profesional podría ayudarlo. La madre se tranquilizo y retiró a su hijo de la escuela llevándolo hasta la parada del metro. Ella no dijo nada y él permaneció con la cabeza gacha. Se despidieron en cuanto el transporte vino, ella volvió al café y el chico se encaminó a su hogar.
En cuanto llegó su abuela, quien vivía con ellos porque tenía problemas médicos, se sorprendió al verlo en casa.
- ¿Qué paso ahora J? – mientras sacaba una fuente del horno
- Una pelea, abuela. – se desparramó su flequillo castaño
- ¿Quién la inicio? – cortaba la tarta
- El novio de Jamia
- Ah… ese chico tiene problemas – negó con la cabeza – siéntate, te voy a dar algo para que comas… estas muy flaco…
- No tengo hambre, abuela – de todas formas se sentó. Sabía que hacerse el difícil con esa mujer no servía de nada, además ella siempre era tan confidente con él.
- Shh… ahora comé – le puso un plato y un tenedor frente a su nieto – Voy a buscar un poco de yodo para curarte.
Su abuela tenía razón, estaba muy delgado, pensó una vez en su cuarto mientras se miraba en un espejo. Sus costillas se notaban y los huesos de las caderas se le empezaban a sobresalir. Pero cómo comer, cuando todos estaban en su contra; cuando un idiota lo golpeaba para sentirse más hombre; cuando su madre simplemente estaba cansada y harta de él; cuando los profesores y directivos lo creían un chico con problemas psicológicos severos; cuando sus compañeros lo tachan de raro y sus amigos solo se ríen y huyen cuando las cosas se ponen feas. ¿Por qué esforzarse?
Se puso a hacer unas notas en un cuadernillo, luego se cansó y simplemente se quedo dormido en la cama. Sólo eran las diez de la mañana y él ya estaba harto de todo.
A eso de las diez de la noche su madre llega a la casa. El muchacho y su abuela comían en su cocina-comedor mientras miraban en la tele un programa que la anciana amaba. La mujer se sienta a la mesa y da un largo suspiro.
- Jake… he conseguido a un psicólogo amigo de un compañero.
- Me alegro – dijo entre dientes el chico y siguió comiendo
- Pedí medio día para mañana… así vamos por una consulta.
- Genial – volvió a balbucear
- Deberías estar agradecido conmigo y con tu directora. Podrían haberte expulsado de la escuela. Y yo sigo esforzándome para que seas un chico bueno – gimoteó
- Él es un chico bueno, Amanda – dijo la anciana con una gentil voz
- ¿Pero por qué siempre te peleas?
- Yo no peleo… soy su bolsa de golpes. Gracias por la comida abuela… - se levantó – deja los platos los lavaré cuando me levante mañana – le dio un beso en la mejilla a la anciana – buenas noches, abuela… má… - se fue
- No sé que voy a hacer con ese chico – la escuchó decir cuando caminaba por el pasillo a su cuarto.
Se desmoronó en su cama y volvió a dormirse entre lagrimas silenciosas.



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