- John… - Murmure un poco sorprendido yendo a saludarlo.
- Nicolai, buenas tardes – Sacándose el abrigo - ¿Cómo has estado?
- Han sido días aburridos. ¿Cómo han sido tus días?
- He estado ocupado haciendo la tesis. Escuche que te casarás… con la hija del general… - sentándose a la mesa del balcón
- Si… creo que es mi única opción – admití sentándome frente a él
- Pero es una chica agradable…
- Tal vez…
- Te he extrañado todo este tiempo
- Siempre hablando de cosas raras, John – Me bufé
- ¿No me has echado de menos? – Dijo con su voz suave y serena. Se quito los lentes dejándolos sobre la mesa observándome con sus ojos color cielo
- He echado de menos muchas cosas… estoy siendo alguien quien no soy… Y siento que eso que fui cuando era libre en el mar jamás volveré a serlo. Creo que es lo mejor para todos olvidar a ese Nicolai, me casaré en poco tiempo. Tengo que comprar una casa pero creo que volveré a Inglaterra a ocupar la mansión de mis padres. Ha sido divertido estar contigo…
- Comprendo… supongo que lo nuestro jamás ha sido algo verdadero… - Sonrió mirando el paisaje de la ciudad
- Fue verdadero. El único que fue realmente gentil conmigo, fuiste tú y jamás voy a olvidar eso – me puse de pie y me interpuse en su vista poniéndome de rodillas ante él - ¿Entiendes eso?
- Lo entiendo, Nicolai…
- Ven conmigo… - lo tome de la mano y lo obligue a entrar. Apague las luces y nos quedamos a oscuras. Ya había anochecido el sol, iluminaba apenas en el horizonte – Una última noche… - me acerque a él para rosar sus labios con los míos
- Será todo un honor – Susurro abrazándome por la cintura para apoderarse de mis labios con la gentileza con la que siempre solía tocarme.
Con las últimas luces del ocaso y bajo la luz de la luna me deje llevar enredándome con ese hombre de rasgos sajones en las mismas sabanas, embelesados por la pasión que nos envolvía una vez más. Sus besos se volvieron más posesivos que antes al igual que sus caricias. Para ser sincero solo me dejaba arrastrar por esa pasión porque él había sido muy importante para olvidar al vikingo que me robo el corazón por primera vez, sentía culpa y por eso me decidí por entregarme a John.
Por la mañana me encontré desnudo tapado con las sabanas, solo. John se había ido apenas terminamos, fue la mejor decisión de otra forma habría sido más difícil para ambos. Ahora sí que estaba solo, tenía que vivir siendo ese hombre casado que había evitado ser. Era hora de enfrentar la realidad, jamás podría ser felizmente normal navegando los océanos y teniendo romances con hombres en mi cuarto privado.
Vivir cerca del mar tal vez me daría cierta paz al vivir esa vida que no me pertenecía. Y así fue. Apenas me casé llevé conmigo a mi esposa a la mansión que mis padres tenían cerca de sur de Inglaterra. Ella estaba encantada y muy emocionada organizando y decorando a su gusto el gran jardín y la gran casa que ahora compartiríamos como una pareja de casados. Por mi parte yo solo trataba de poner en marcha mi propia compañía de barcos, había contratado a escoceses, irlandeses e ingleses junto con arquitectos e ingenieros profesionales para construir los mejores navíos. Pronto conseguí inversionistas yanquis y españoles, y en cuatro años alcancé un gran reconocimiento en ese negocio.
- Papá… - llamó un niño corriendo hacia mí con un libro
- ¿Quieres que te cuente un cuento? – le sonreí alzándolo entre mis brazos
- Si – murmuro acurrucándose en mi pecho
Lo recosté sobre su cama en su gran cuarto y lo tape con sus colchas y sabanas muy finas y delicadas. Ese niño era lo más hermoso que jamás me había pasado, era el amor de mi vida. Tenía cinco años ya, todas las noches me pedía que le lea alguna historia de la gran biblioteca familiar, aun más grande que la que tenía cuando yo era un niño. Había podido sumar más libros a la colección de mi padre, y estaba realmente orgulloso de eso, era mi hobbie poder encontrar libros únicos para la colección.
- Ya se ha dormido – dije entrando a un gran cuarto donde una mujer voluptuosa se cepillaba el cabello en ropas de cama
- Lo malcrías contándole un cuento cada noche – comento fría
- Solo quiero que ame la literatura como mi padre y yo…
- Tu cuñado ha enviado una carta invitándonos a un viaje a Finlandia. Dice que ha comprado tierras ahí hace un tiempo y que inaugurará su nueva casa de verano. Creo que deberíamos ir. Hace tiempo que no viajamos más allá de Escocia.
- Entonces mañana le enviaré una carta y aceptaré la invitación.
- Excelente. Le diré a mi madre que me llevaras a Finlandia – Sonrió triunfal mientras caminaba a la cama matrimonial
Sofía se había convertido en una mujer fría y superficial, pero no la culpaba, yo no era el esposo amoroso que ella quería que fuese. Luego de nuestro primer hijo jamás volví a tocarla, y ella me guardaba rencor por eso. Pero cómo podría tocar a una mujer si solo era capaz de pensar y amar en un hombre. Éramos infelices pero el hijo que compartíamos nos mantenía, de alguna manera, juntos.
En unos meses, me encontraba en un barco camino a tierras vikingas junto a mi familia. Me sentía libre, me sentía yo mismo en una gran construcción de madera y metal en medio del agua y el viento salado y frio que golpeteaba mi cuerpo. Puede que mi esposa se sintiera incomoda, odiaba los viajes en barco pero me centre en disfrutarlo con mi hijo y sobrinos, hijos de mi hermana quien también disfrutaba del viaje.
- Tío Nicolai… - llamó una niña medio pelirroja con una bella sonrisa – Vamos a ver el atardecer
- Por supuesto – dije siguiéndola con mi hijo de la mano
La casa de descanso de mi hermana era grande y con una bella arquitectura sueca con su fachada de madera y piedras, sus grandes campos de flores que soportaban el fresco de la noche con sol. Ere increíble poder estar en ese lugar y poder ver en persona lo salvaje y cautivante de esas tierras vikingas, me recordaban a él. El frio cálido momento en que el sol se ponía en el horizonte en medio de las colinas verdes y llenas de vida para permanecer en ese rincón durante toda la noche. Triste y melancólico paisaje, al igual que sus aires y perfumes, pero aun así divino y majestuoso. Me recordaba a su mirada, a su sonrisa, a su perfume y su forma tan pausada de hablar.
La sonrisa en mi cara no se debía al paisaje, se debía a que lo recordaba a él. A aquel de quien me había enamorado tan profunda y dolorosamente hacia tiempo atrás. Se debía a ese hombre alto, cuyos músculos habían sido recorridos por mis manos y labios sin pudor alguno. A ese a quien le había dedicado miles de sueños y pensamientos. De cualquier manera, hacía tiempo que había dejado de pensarlo. Con el hermoso hijo que Sofía me había dado, solo podía pensar en él. Era mi nuevo amor.
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