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Corazón de Juguete - Capítulo II

Capítulo II

No había ido a cursar por dos semanas. Me había perdido el curso de ingreso y la primera semana de cursada oficial. No me sentía para nada bien, estaba deprimido, tratando de volver a tener control sobre ese órgano tonto e impulsivo.

Francisco estaba muy preocupado y junto con su pareja intentaron levantarme los ánimos, fue inútil. No quería nada de eso, necesitaba paz, tranquilidad para poder darle eso a mi corazón. Darle silencio. Con música, con meditación y con un poco de escritura, logre que mi alma se calmara. Podía escuchar mis pensamientos con claridad, era lógico y coherente una vez más. Estaba decidido a volver a mi carrera. Eso era lo que más quería en ese momento.

Comencé el lunes, siguiendo los horarios de la hoja que me dieron en cuanto me inscribí. Llegué temprano, había tomado el bus por mi cuenta no quería estar dependiendo de esos dos todo el tiempo, teniendo mi propio dinero ya podía responsabilizarme de mi mismo. En el aula me senté en el mismo lugar que en el primer día que había cursado, y esperé escribiendo en mi cuaderno.

- ¿Qué tanto escribes? – me sorprendió esa voz tan alegre que se adentró al aula

- Nada… - continué escribiendo y sin dirigirle una sola mirada, sabia de quien se trataba.
- ¿Estabas enfermo? Viniste sólo el primer día y desapareciste… ¿Fue por mí?

- Estaba enfermo

- ¿Quieres que te pase los apuntes? – se acercó y se sentó en la misma mesa que yo – ¿no te molesta que me siente aquí? Es que estuve ocupando este lugar… - me puso una carpeta justo en frente de lo que escribía – Te guardé un lugar en las otras clases…

- Ah… - tomé la carpeta entre mis manos – Le sacaré unas copias en el descanso – se la devolví y como él no la tomaba lo miré - ¿Qué te pasa?

- Estas triste – afirmó y luego tomo su carpeta

- No

- Lo estas…

- No es verdad – desvié la mirada

- Tengo una hermana… Ella siempre esta triste, y aunque intenta ocultarlo, puedo verlo. Así que no puedes engañarme

- Yo no soy tu hermana…

- Ciertamente no lo eres, pero sé cuando alguien esta triste – Acercó su banqueta hasta a pocos centímetros de mi - ¿Estabas enfermo? ¿Realmente fue así?

- Te dije que así fue – cerré mi cuaderno

- El día que nos conocimos, corriste y no volviste a asistir a ninguna clase ¿Fue mi culpa?

- Yo... Yo no me sentía bien – evitaba mirarlo ya que comenzaba a ponerme algo incómodo

- Entonces fue mi culpa

- No digas eso – lo miré.


Gran error.
Sus ojos esmeraldas me observaban atentos. Noté que su barba estaba más crecida, pero no se veía mal. Él se veía tan masculino. Sus bellos faciales eran tupidos y podía lucir sin problemas una barba estilo candado, al contrario de mí. Jamás podría dejarme la barba, además de que tardaba en crecer, no crecía de manera uniforme y no se me veía bien. Sus cejas eran gruesas pero estaban prolijas, se notaba que le prestaba atención a su estética. ¿Cómo no hacerlo? Era un chico de dieciocho híper-desarrollado que lucía muy atractivo.

Mi mente se detuvo, pero no así mi corazón. Creí que había logrado tener el control, obviamente me equivoqué. Las palpitaciones comenzaron, como aquel lunes de hacía dos semanas, y no parecía querer detenerse.

- ¿Te sientes mal? Tu cara se puso roja de repente… - acercó su mano a mi cara pero lo alejé moviendo nerviosamente uno de mis brazos

- N… No me toques…

- ¿Qué te pasa? El otro día también estabas así

- Sólo necesito estar solo – me levanté abruptamente y salí del aula


Me choqué con varios estudiantes en mi camino al baño, mi respiración y mi corazón estaban exaltados y no pude ni pedir disculpas. Sólo quería que ese malestar parar para poder continuar con normalidad. No entendía por qué eso me estaba pasando.

En el baño, me lavé la cara y me quede viéndome en el reflejo de un espejo bastante percudido.
¿Qué clase de pensamiento había tenido hacía unos momentos?

Ciertamente no pensaba con claridad. Había observado las facciones de mi compañero y lo había catalogado como atractivo. Y en cuanto el recuerdo de lo que había pensado y el rostro de mi compañero pasaron por mi mente, el estúpido órgano que bombea sangre latió apenado.


- ¿En qué estoy pensando? – me dije a mi mismo

- Eso no lo sé – contestó una voz que entraba al baño

- Te dije que necesitaba estar solo – bufé algo molesto y me recargué sobre el lava manos

- Sí… Lo siento. Pero te veías algo enfermo y me preocupé. Pensé que tal vez te desmayarías o algo así estando solo, así que decidí venir a auxiliarte… ¿Quieres un poco de agua?

- No. Estoy bien…

- No lo parece.

- ¿Por qué te importa? – me giré al verlo acercarse a mí

- Pareces un buen tipo… - tomó unos papeles de una maquina amurada a la pared y se paró frente mío – Seamos amigos…


Con delicadeza secó la humedad del agua que había en mi rostro. No fui capaz de moverme. No supe por qué, aunque ahora lo entiendo y sé que ustedes entenderán. Sentí algo incómodo pero agradable ante ese gesto tan… ¿fraternal? Fue un gesto de cuidado, algo que mi madre hacía cuando era pequeño. Ella solía sobreprotegerme y me cuidaba en extremo, cuando era pequeño y lloraba por mi padre, ella me secaba las lágrimas al igual que ese chico de ojos esmeralda. 

- No llores – susurró y me abrazó

Se sentía tan cálido, espontáneo pero seguro, que me llenó de algo que no supe que era. Mi corazón susurró algo para mí, pero mi vista estaba nublada, debido al recuerdo de mi madre y mi mente confundida ante esa emoción desconocida que la sentía tan tibia en mi interior. Como si fuese una leve flama que se encendía dentro de mí calentándome, derritiendo e iluminándome desde mi interior poco a poco.

No recordaba la última vez que había sido abrazado con tanta sinceridad. Él era un extraño, un chico por el cual mi corazón intentaba romper mis reglas para gritar y decir algo. No iba a dejarlo. No iba a doblegar a mis emociones tan fácilmente, pero ahí estaba, en brazos de un estudiante del cual no conocía nada, llorando. 

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