Capítulo I
Mi reproductor comenzó a sonar con una suave y baja tonada, una de las canciones que me gustaba de Chopin, Tristesse. Subí el volumen poco a poco hasta que pronto me perdí ente cada nota, sintiendo que mi corazón expresaba lo que sentía con cada latido que iba al compas de la melodía. Con mis labios no podía expresar ese dolor que sentía, pero mi corazón latía con desespero al recordar a mi madre en la cama de hospital, agonizando y pidiéndome perdón por dejarme solo.
Había sido tan feliz con ella, tan inmensamente feliz que cuando se fue creí que sería incapaz de sentir eso una vez más. No era infeliz, pero no era tan feliz. Agradecía a mi actual tutor por todo lo que había hecho por mí, aunque sentía un vacio increíble dentro de mí. Y ese era mi problema. No podía explicarles, pero de seguro entendían.
Escuchar una melodía, una canción cada mañana, era mi forma de canalizar mi pesar antes de desayunar. Ese día necesitaba de algo que dejara salir la amargura ya que comenzaría la cursada en la universidad. No tenía nervios, como les conté mi corazón había sido puesto en silencio y no me permitía sentir nada mas luego de las canciones que escuchaba.
Francisco y Fernando me llevaron hasta el edificio de la universidad, donde se dictaban las clases de veterinaria a las que me había anotado. Se despidieron de mí ambos con expresiones muy animadas. En cierta forma los envidiaba por ser tan felices entre ellos, ¿pero qué podía hacer? Ellos no eran culpables de lo que a mí me sucedía.
Mi primera clase no tardaría en empezar así que me encaminé por los pasillos con bastantes estudiantes que iban tan apurados como yo. Llegué hasta el aula que la hoja de mis horarios marcaba. Era un gran laboratorio, me ubiqué en el último lugar y observé a los que serían compañeros de cátedra el resto del cuatrimestre. Saqué un cuaderno y una lapicera azul para prepararme a tomar las notas del profesor, que por cierto aún no llegaba.
El ruido de esos compañeros conociéndose entre ellos me molesto, en el secundario siempre escuchaba música, cualquier cosa para aislarme de ellos; pero estaba comenzando una carrera universitaria, no podía comportarme tan irrespetuoso e inmaduro así que decidí soportarlo. Mientras todos se acomodaban, el profesor entró con una media sonrisa al ver el aula. Llevaba unos lentes de un grueso marco negro, una camisa celeste con los primeros botones desprendidos y un pantalón negro. Era joven y parecía ser muy carismático.
Estaba a punto de presentarse cuando otro estudiante entro al aula. Lo invitó a pasar y ese chico caminó mirando, buscando un lugar donde sentarse.
- ¿Puedo? – señaló el lugar junto a mí.
Sólo asentí dejando que él se acomodará.
El profesor se presentó escribiendo su nombre en la gran pizarra blanca al frente del salón. Luis Torres, ese era su nombre, su especialidad era en Anatomía mamífera I. Anoté varias cosas que nos fue diciendo a modo de introducción en esas dos horas, estaba ahí para obtener el título de veterinario.
En cuanto se fue, el receso de quince minutos comenzó. Me decidí a ir al aula que seguía, al no conocer el lugar no quería perderme, llegar tarde y que me ganaran el lugar del fondo.
- Soy Marcos – se presentó el chico que había llegado tarde
- René – dije para luego continuar mi camino hacia fuera del aula
- ¿Cuál es tu siguiente clase? – preguntó alcanzándome
- En el salón 206 – contesté sin mirarlo
- ¡Ah! Seguro cursamos materias juntos ¿Es tu primer año?
- Lo es
- Genial… ¿No quieres ir por un café o algo? Tenemos un descanso
- No, estoy bien – comencé a subir las escaleras
- No eres de hablar mucho ¿verdad?
- No
- Qué bien… Porque yo si – carcajeó
Me detuve y lo observe por un momento. Realmente no quería tener nada que ver con nadie y ahora ese chico de cabellos negros estaba pegado a mí. No es como si yo emanara un aura muy amigable.
- ¿Qué pasa? – preguntó y miró a sus espalda. Que tonto. ¿Creía que miraba a alguien más? – No te quedes en medio del descanso de la escalera… Van a quejarse – señaló hacia abajo
- Cierto… - continué mi camino
- ¿Tienes dieciocho? Yo sí... Terminé el secundario el año anterior… En realidad… Parece que tuvieses menos edad, es por eso que pregunto
- ¿Cómo estaría aquí? – lo miré de soslayo ante ese comentario tan torpe
- Ah… - quedo callado y luego comenzó a reírse – Tienes razón… Eres muy lista
- ¿Lista? – me giré y lo miré a los ojos
- ¿Ahora qué pasó?
- Dijiste ‘lista’ – recordé
- Sí… Es un cumplido… lamento si te ofendí
- No… No es eso – Negué – No soy una chica. Soy chico
- ¿De qué hablas? Tu… - me miro incrédulo y luego me recorrió con sus ojos verdes. Se quedo viendo mi parte baja y luego volvió a mis ojos con una expresión sorprendida - ¡No puede ser! – volvió a mirarme
- Ya deja de verme a sí – intenté irme pero él me arrastró a un aula
- Realmente creí que eras una chica – rió – Y yo intentando… - carcajeó
Me mantuve de pie, mirando sus tontas reacciones. No era la primera vez que me sucedía, había pasado muchas veces, demasiadas. Y era vergonzoso. ¿Qué podía decirle? ¿Qué me sentía alagado? Le estaría mintiendo. Sería mejor mantenerme lejos.
- Este no es el salón 206 – comenté – Así que me voy
- Ah… Es verdad… Te sigo
Dos puertas más y ese era el salón que me tocaba. Me acomodé en el último pupitre y ese tonto junto a mí.
- Discúlpame por eso de recién, René. Soy muy torpe, como veras y no me doy cuenta de ciertas cosas… - me sonrió a pesar de que continuaba con mi semblante serio, no quería escucharlo hablar más – Realmente creí que eras una chica… una chica linda…
- Las chicas lindas no visten con ropa de hombre… - comenté, estaba molesto ¿por qué no dejaba de molestarme?
- Es que tus jeans son muy ajustados… tu remera cubre… bueno… es larga y te cubre los amigos – rió
- Deja eso… ya olvídalo…
- No te enojes… Lo siento… - se acercó y se puso de cuclillas junto a mi - ¿Me perdonas?
- Eso… - sus ojos verdes eran muy expresivos. Su rostro tenía una hermosa armonía de rasgos masculinos, y la barba crecida acentuaba sus ojos y una sonrisa tonta, hasta inocente en sus finos labios rosados.
- ¿Qué? – sonrió ampliamente
Jamás me había sentido así. Sentí a mi corazón susurrar. Intentaba hablar, buscaba hacerse escuchar. Me asusté. ¿Qué era lo que intentaba decirme?
No entendía la razón del por qué estaba tan abrumado, del por qué mi corazón de repente se puso a saltar como un maldito adicto en rehabilitación. ¿Acaso no podía escucharme?
- Basta – dije agarrándome el pecho con fuerza
- ¿Te… Te sientes bien?
- Aléjate – pedí cerrando mis ojos. No quería verlo. Esas expresiones eran demasiado ‘expresivas’. Redundante, pero cierto.
Era tan torpe. Fui un torpe al no darme cuenta que al igual que al Grinch, mi corazón había crecido al menos dos tallas en ese apacible rostro que me veía fijo. Era un niño. Y me comporté como uno, huí. Sí, corrí de esa aula apenas tuve la oportunidad. Me importó un comino la clase que estaba por cursar, me importo poco las personas con las que tropecé. Sólo quería que ese dolor en mi pecho se fuera. Sólo quería que ese corazón tonto guardara silencio.
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