Esa fría noche que volvía del trabajo lo vi parado en la etiquetaría de la estación de trenes, tenía un semblante que parecía mostrar decepción. Algo en mi pecho hiso una molesta presión, eso mismo que sentí la noche que lo vi correr.
Cada día, cada maldito día, su rostro neutro, el frio de sus ojos color miel se me presentaban provocándome un malestar que me quitaba las ganas de comer, de levantarme para ir a estudiar; porque sentarme solo me recordaba a su presencia.
Durante un largo año ansié poder verlo y enfrentarlo para admitir lo patético que había sido. Siempre pasaba por esa estación luego del trabajo, aunque mi departamento quedaba para el lado contrario, pero sólo esperaba verlo. Como idiota lo observaba desde el café mientras él pasaba por la vereda. Sólo me bastaba con mirarlo desde lejos, tenía miedo de mí, de él, de todo.
René había tenido una vida bastante difícil y cuando lo conocí, a pesar de que supe que era un chico, tuve la sensación de que quería estar a su lado. Al principio no fue nada sencillo, se comportaba tan frío y esquivo que me costó establecer cierta confianza. Pero me ayudó mi tonta personalidad, con persistencia logré que comenzara a abrirse conmigo. Y lo invité a vivir mi vida, y compartir con él mis amigos, mi familia, mis gatos, mis miedos, mis sueños. Quería que él fuese parte de mi vida, quería compartirlo todo con él. Pero siempre fui un torpe.
Jamás se cruzó por mi cabeza que René sentía algo distinto a la amistad que creí teníamos.
Cuando él se mostró molesto ante mi propuesta de vivir juntos lo que menos pensé fue que se me confesara. Yo le gustaba.
No me sentí enojado, ni asqueado, sino confundido. No supe que decir. Sólo dije idioteces incoherentes que lo hicieron enojar. Me entregó el regaló y se fue. Sus ojos fríos, inexpresivos, fueron como balas que
atravesaron mi cráneo en un disparo silencioso pero devastador.
Tuve miedo de correr tras él ¿Qué le diría? No sabía. La confusión me obligó a quedarme parado sobre esas piernas inútiles.
René era mi amigo, lo invité, lo arrastré a mi mundo y lo obligué a correr, a huir del mismo; sólo porque fui muy lento.
Cuando el receso invernal terminó, René no volvió a la escuela y al parecer a nadie le importó, excepto a mí. Sentía como si él hubiese sido un fantasma, una fantasía, al que sólo yo pude ver. Desde que lo conocí me pareció alguien interesante y cuando tuve la oportunidad de conocer más de él, descubrí que era inteligente y, pese a sus expresiones neutras y hasta tristes, era divertido.
Luna, mi gata de ocho años de edad, era muy arisca porque sufrió mucho maltrato en su hogar anterior. La había adoptado cuando tenía como dos años. Era agresiva pero cuando adopté a Liam, ella se volvió mas mansa aunque no se dejaba acariciar por ningún humano. Sin embargo, cuando René vino a mi casa, la gata durmió en su regazo y disfrutó de los mimos que él le propiciaba con su tranquila sonrisa.
Él era distinto a las otras personas, era incomprendido y por eso tan esquivo con la gente, al igual que Luna. Pero conmigo, hacía bromas, reía y carcajeaba abiertamente.
René me agradaba, él emanaba una energía que me hacía sentir bien sin importar qué. Por eso cuando no lo volví a ver, me sentí mal. Los amigos que tenía de la infancia no podían llenar ese vacío que dejó René. Di lo mejor de mí por seguir adelante, y pese a que el estudio iba bien y el trabajo me rendía, mi mente divagaba recordando a esos bellos ojos color miel. Recordar sus sonrisas tímidas, sus carcajadas tan agraciadas, su humor cínico, su voz tan melodiosa, sus finas manos, su delgado cuerpo... Recordarlo a él y a sus detalles, despertó lo que estaba implícito en mí. Estaba enamorado de René.
Me parecía perfecto, hermoso, único, y no me importó que sea hombre. Pero para cuando me di cuenta de lo que sentía, él ya no estaba. No tenía ningún rastro ni noticia de él. Habían pasado varios meses y ahí fue cuando creí que debía buscarlo.
No tuve el valor para hacer nada hasta que cruzó aquella calle, cuando yo volvía de trabajar horas extras en la clínica para mascotas. Verlo tan cerca desató mi valor, junto con otro mentón de emociones. Mi corazón estaba roto con solo verlo y escucharlo decir mi nombre. Cuando me sonrió quise llorar. Cuando me contó de lo bien que estaba me alegré, pero a la vez, me entristecí. No quería que estuviese feliz sin mí. Me volví egoísta en tan sólo minutos y en cuanto me vi perdido en sus ojos miel, lo besé así como debí haberlo hecho hacía un año atrás. Sólo quería que no se fuera, si lo hacía me ahogaría en mi propio dolor y estupidez nuevamente.
Escucharlo maldecir y gritarme fue un gran placer, ya que con eso me mostraba que me había extrañado como yo a él. Lo conocía, y sabía que siempre se guardaba todo. Verlo expresar su enojo, su frustración tan abiertamente, me alegró por él. Sin dudas había cambiado, había crecido como humano, y gracias a Dios no me había olvidado.
En cuanto me correspondió ese abrazo, supe que él volvía a ser mío.
- Feliz cumpleaños – repetí una vez mas luego de confesarle mi amor por él.
- Eres mi mejor regalo – murmuró con una sutil sonrisa
- Eso lo dudo – reí. Me parecía adorable, ara tan tierno. Me alejé un poco y me puse a buscar en mi mochila cuando sentí algo frío golpear con delicadeza mi cabeza.
- Está lloviendo – Comentó René tomándome del brazo para levarme bajo el techo plástico de la solitaria parada del bus.
Por un momento me quede inmóvil observando cómo las gotas de lluvia caían sobre el pavimento, golpeteando autos, techos y arboles de manera pacífica y casi gloriosa. Ese sonido era como música triste, una melodía que me llevaba a esa noche hacía un año atrás.
- Parecería como si el tiempo no hubiese pasado ¿no? – dijo René a media voz
Lo miré y en su rostro se reflejaba paz, estaba tranquilo y no forzándose a sonreír.
- Sólo falta algo… - de mi mochila saqué una caja cuadrada de cómo cinco centímetros de lado, envuelta en papel azul con detalles en dorado – Esta algo maltratado porque siempre lo llevo conmigo…
Sólo quería poder verte y darte tu regalo
- ¿De verdad? – Rió – ¿Siempre lo llevas contigo?
Tomó la cajita entre sus finas manos y rompió el papel con delicadeza. Mientras él desenvolvía su regalo, volví a ponerme la mochila es mis hombros y guardé el envoltorio en mi bolsillo para luego tirarlo a la basura.
- Creí… Creí que era la misma cadena – comentó observando aquel obsequio que tanto me había costado conseguir.
Una cadena fina, delicada y dorada con un dije que tuve que mandar a hacer. Un corazón, pero no el simple y cursi corazón que todos dibujan. No, este tenía las arterias marcadas y otras venas en la cavidad derecha y la izquierda de esa mini versión de corazón humano.
- Siempre me decías que tu corazón te decía cosas, como si fuese una persona… No quise lastimar tu corazón, René
- ¿Por eso me regalas uno? Es… Es muy bonito…
- Es mi corazón… Te doy mi corazón, así que cuídalo ¿sí? – pasé uno de mis brazos por sobre sus hombros
- Claro que voy a cuidarlo, es mío ahora.
- Es todo tuyo… Al igual que yo, René
Nuestras miradas se cruzaron, sus ojos miel se sentían cálidos al igual que su hermosa sonrisa. Al fin mi corazón sintió la felicidad de tenerlo a mi lado, correspondiéndome luego de haber pasado por un dolor innecesario.
- Te amo
Susurré para luego besarlo sellando mi amor por él, mi devoción, mi admiración por ese muchacho de rostro femenino que me demostró qué se siente ser amado y cómo es amar a alguien.
♥ Fin. ♥
Espero les haya gustado mi historia... Disfrute escribirla, aunque tuve que contenerme y limitarme para no hacer escenas hot (ewé)
Les agradezco haber leído y si gustan pueden comentar con lo que les parezca.
Pueden dejarme críticas, acepto cualquier consejo para mejorar mi narración. Si encuentran alguna falta ortográfica, por favor díganme así corrijo ☺ ♥♥♥
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