Páginas

Corazón de Juguete - Capítulo VI


- ¿Recuerdas cuando lloraste? – su voz difícilmente pude diferenciarla del fuerte sonido del agua golpeando contra el techo de plástico que nos protegía de mojarnos

- Bueno… hasta ahora es difícil verte como un chico… eres tan lindo como una chica… Pero no eres una chica.

- No lo soy – murmuré con la mirada gacha

- Lo siento

- Tú discúlpame… mi corazón lo arruinó y yo también ya que le seguí la corriente – reí

- Es que siempre actuabas tan natural… Jamás creí… No pensé que te sentías así… hubiese sido más cuidadoso…

- Olvídalo – me puse la capucha de mi abrigo y me dispuse a irme, pero sin antes despedirme – Eres un buen amigo, Marcos – del bolsillo saqué la caja que antes me había regalado y se la puse en el bolsillo de su chaqueta – Adiós


Había deseado con las entrañas que Marcos me siguiera y me dijera que todo estaba bien, que él me
correspondería. Sin embargo, no fue así.

No huí, nadie me perseguía. Sólo caminé bajo la profusa lluvia, sintiendo el frio apoderarse de mi cuerpo y de ese tonto corazón que no sabía controlarse. Jamás debí haber salido de mi zona de confort, ser ‘normal’ no era lo mío. Yo no era como todos. Eso de salir con amigos, de pasar los sábados en la noche jugando videojuegos en casa de otros chicos, eso de andar teniendo conversaciones tribales, eso de escuchar canciones sin sentido no era yo. Había perdido mi verdadera esencia por escuchar a mi tonto corazón.

Estaba completamente arrepentido y dolido. Escuchar a mi corazón era como auto mutilarme, y estaba convencido de que no quería ser uno de esos tristes personajes masoquistas de las películas que seguían a su corazón y todo terminaba bien.

Nada podría salir bien siendo yo, un hombre que le gustaba otro hombre. Pero no cualquier otro hombre, Marcos se había convertido en un gran amigo. Él lo conocía casi todo de mí y yo de él. Sabía de mis padres. Le había contado lo difícil que había sido para mí poder comprender que ellos ya no estaban conmigo.

Lo eché todo a perder.

Fui incapaz de volver a la escuela, tal vez era un cobarde, pero no quería sentir más dolor. Era suficiente. Retomaría todo desde otro punto. Volvería a empezar en otra escuela el año siguiente, y mientras tanto buscaría otro trabajo para cubrir la mañana y salir del departamento de mis tutores.

Y mi corazón supo silenciarse.

Mentiría si les digo que Marcos volvió a buscarme, obviamente no quería saber de mí. Tampoco le di oportunidad, cambié de número, de trabajo y cambié de perspectiva.

No volvería a jugar con mi corazón, siempre resultaba lastimado.


Al año comencé un curso de idiomas, en el cual conocí a un chico. Gabriel, cuatro años mayor. Poseedor de una gran sonrisa, un par de bellos ojos cafés y por sobre todo su carisma. Su brillante su forma de expresarse, hiso que pronto mi corazón se viera enredado y confundido de tal manera que volvió a revelarse. No pude ignorarlo, sus gritos eran fuertes y me dejé llevar por ese hombre carismático y exitoso.
Admito fue un gran placer ser correspondido por primera vez.


- ¿Cómo estas, hermoso? – me saludó dejándome un beso en mi mejilla para luego pasar a sentarse junto a mí

- Algo cansado – confesé

- Igual yo – suspiró y estiró su mano para acariciar mi nuca con delicadeza – Has estudiado para hoy ¿verdad?

- Claro, siempre lo hago

- ¿Quieres ir a cenar esta noche? Estuve trabajando duro en la oficina y adelanté mucho trabajo

- Cenemos – acomodé mi cartuchera sobre el pupitre

- Espérame en la estación a las ocho, te pasaré a buscar

- De acuerdo

- Sabes que te quiero ¿Verdad, primor?

- Lo sé, Gaby… Yo también te quiero


Estaba enamorado, me permitía estarlo sin resistencia. Nuestro noviazgo ya llevaba cinco meses y siendo adultos no teníamos nada que perder. Todas esas cosas que había soñado hacer con Marcos, ahora las disfrutaba junto a Gabriel quien no titubeaba al demostrarme cariño.

Estaba en paz con mi torpe corazón, ambos estábamos en un acuerdo de dejarnos llevar por el amor que nos daba Gabriel. Y logré que dejara de gritarme, y que dejara ese comportamiento tan ansioso. Podía estar tranquilo, ya que ambos éramos felices con ese amor correspondido.

**
Estábamos de salida del curso que se dictaba en un gran edificio universitario, sólo eran tres horas dos veces a la semana. Francés era el idioma que estaba dispuesto a aprender; el año anterior, luego de dejar medicina veterinaria, tomé cursos de inglés. Gabriel se despidió de mí con uno de sus largos y apasionados besos. Susurró un ‘Hasta la noche’ y se fue a trabajar al igual que yo.

Trabajaba como secretario en una firma de abogados por la tarde, ganaba poco más que antes con muchos más trabajos y carga horaria. Tenía mi propio departamento, por así decir, lo compartía con otros dos chicos de mi edad que iban a la universidad a estudiar administración de empresas. Leonardo y Federico me ayudaron con el trabajo de secretario que ahora tenía, podría decirse que éramos amigos. Nos divertíamos, salíamos a tomar, íbamos a uno que otro recital juntos.

Había veces en las que extrañaba estar solo y disfrutar de mis vinilos ahogándome en sus gloriosas y clásicas melodías. Pero tampoco tenía mucha necesidad, ni tiempo de hacerlo.


Eran las siete menos diez cuando llegué a la estación de trenes, me había puesto un traje color gris oscuro con una corbata lila. Llevaba una bufanda, guantes y un saco de lana negro, hacía mucho frío esa noche y había un suave viento que te helaba la piel. Pero no faltaba mucho para que Gabriel llegara, así que el frío no me importaba mucho.

Mis dedos estaban algo entumecidos del frío. Ya eran las nueve menos cuarto. Con torpeza volví a mandar un mensaje a Gabriel, pero no contestó. Decidí marcarle y en el tercer intento atendió.

- ¿Qué te pasó? Me tenías preocupado – le dije abrazándome a mí mismo por el frío

- Ah… Sí… bueno… - hubo una pausa larga

- Gaby… ¿Dime qué te paso?

- Yo… Salió un trabajo de improvisto… Ve a casa. Nos vemos mañana.

- Me hubieses avisado

- Lo lamento… tengo que colgar

- Si… Adiós…

- Adiós


Suspiré, estaba cansado y tenía frío. Era trabajo ¿qué podía hacer yo? No era su culpa. Me acomodé la bufanda y miré a mí alrededor, había varias personas caminando hacia la estación o esperando el bus. Había una cafetería abierta cruzando la calle, tal vez podría tomar algo caliente y luego ir a casa.

- ¿Estás bien?- Preguntó alguien apenas pisé la acera del café

- Estoy… bien… - dije al girarme – Ma… Marcos


No hay comentarios:

Publicar un comentario