- Ma…Marcos
Apenas ese nombre salió de mis labios mi cuerpo tembló, no era por el frío, era ante esa mirada esmeralda que tanto apreciaba hacía un año.
- Ha pasado un tiempo ¿verdad? – sonrió
- Un año – dije desviando la mirada hacia el suelo – Tengo que irme…
- ¡Ah! ¿Podemos hablar? Sé que es tarde, pero déjame invitarte algo de tomar
- En realidad estoy cansado y estaba camino a casa – sonreí pero mis dientes delataron el frío que tenia
- Sólo un café – me sonrió y pasó su brazo sobre mis hombros así como solía hacerlo antes
Me hizo sentarme en una mesa de dos cerca de una ventana, no había mucha gente y estaba realmente cálido en ese lugar. El sabroso aroma a café, la tibieza del ambiente, y la amabilidad con la que la mesera nos atendió me hizo recuperar el calor del cuerpo.
- Delicioso – murmuré luego de probar mi café espumoso y humeante
- Estas distinto – dijo con una media sonrisa
Levanté mi vista al escuchar algo extraño en su voz. Sus ojos carecían de ese brillo carismático con el que lo conocí, su piel estaba pálida, su cabello algo desprolijo y largo. Su voz era como un eco que suena en el vacio de un amplio lugar. Vacío, así lo sentí. Y me pareció demasiado extraño al venir de él.
- Igual tú
- Bueno – carcajeó forzadamente – La carrera de veterinario me tiene muy ocupado ¿sabes?
- Ya veo…
- ¿Y qué haces tan tarde en medio del frío? – bebió de su taza
- Nada importante… Salía del trabajo
- ¿De verdad? No te creo – rió
- No me creas, en realidad no me importa
- Lo siento – suspiró bajando la mirada
- Hey… ¿Te ha estado yendo bien en los estudios? Sólo dime que promocionaste varias materias – le sonreí y suavicé el tono de mi voz. Había algo en él que no estaba bien, la verdad es que no me gustaba verlo tan decaído – He estado estudiando idiomas… Ahora mismo estoy estudiando francés – logré que me mirara, sabía que podía hacer algo
- ¿Te alejaste de la medicina veterinaria?
- Sí… pero el nuevo trabajo en el que estoy me da tiempo para trabajar en lo que siempre me gustó
- ¿Sigues escribiendo? – se sonrió, esta vez parecía poco mas real
- Sí. Hace poco terminé de escribir una novela… aún la estoy editando… Pero tengo intenciones de hacer que la publiquen
- ¿De veras? Eso suena asombroso – su sonrisa era como la de antes
- No es la gran cosa… Aun debe revisarlo un editor
- De todas maneras… suena genial… - mantuvo la mirada en su taza y yo di un largo sorbo a mi delicioso café antes de que se enfriara
- ¿Aún tienes a Liam y a Luna? – él me miró extrañado – Tus gatos… ¿Cómo están?
- Ah… - sonrió, un gesto que me pareció algo triste – Los recuerdas…
- Claro. Liam todo negro con una mancha en la cara y calcetines blancos… Recuerdo que era muy amistoso cuando íbamos a jugar Call of Duty el fin de semana. Y Luna era todo lo contrario.
- Pero tú… tú le agradabas…
- Éramos renegados de la sociedad
- Aún es algo esquiva conmigo…
- Eso es porque no la comprendes – tome de mi café hasta que se terminó
- Al igual que no supe comprenderte a ti
- ¿Qué dices? Prácticamente me leías la mente – me reí
Pero al levantar la vista me topé con esos orbes esmeraldas, y de alguna manera, sentí que él logró leer mi mente. Estaba aturdido, débil, desprotegido, completamente expuesto. Al igual que hacía un año.
Olvidarlo había sido un suplicio. Y ahora me daba cuenta de que en realidad me había estado engañando a mí mismo, jamás podría olvidar a Marcos.
¿Cómo podría ser capaz de olvidar a ese chico que me supo contener?
- Mejor me voy – dije acomodándome la bufanda de lana color azul que solía ser de mi madre
- ¿Tomarás el bus? – se subió el cierre de su abrigo y se puso de pie
- Pues… sí
- Déjame acompañarte – dejó algo de dinero sobre la mesa
- De acuerdo
No quería que lo hiciera, en realidad quería alejarme de él, pero mi corazón me susurraba cosas y me confundía. Estaba algo perturbado. Había algo en él que no estaba bien, y eso me daba una mala impresión. Él no era así para nada. Tal vez era todo lo que estudiaban en la facultad, tal vez se presionaba mucho y eso lo tenía sin cuidado.
Caminó junto a mí con las manos en los bolsillos, hasta la parada del bus había varias personas ahí. No había mucho tráfico, uno que otro auto circulaba de manera calmada iluminando las calles con sus luces. Un frío seco nos envolvía, se sentía bien ahora y las luces amarillas sobre la blanca piel de Marcos me recordó a esa noche. Había sido mi cumpleaños y estaba muy feliz, pero tuve que arruinarlo. Aunque sabía que tener algo con él sería algo completamente imposible. Poder besarlo se convirtió de un sueño a una completa utopía, algo tan absurdo de lograr que hacía poco me daba gracia de haberme comportado tan dramáticamente.
En su momento me sentí muy herido y creí haber superado todo el asunto. Sin embargo ahí estaba, en el frío esperando mi transporte junto a él.
Habían muchas cosas distintas, y me creí sentir distinto. Escuchar gemir a mi corazón dolía. Y no quería sentirme así, no me creí tan débil.
- ¿Estás bien? – preguntó con media voz
- S… sí – mentí mirando a la calle - ¿Te mudaste? Yo sí, a un departamento que comparto con dos amigos. Leo y Fede – intenté sonar natural
- Ah… Sí, me mudé. También comparto el alquiler – hizo una pausa – vivo con Héctor
- ¿Sigue tan inmaduro como antes? – bromeé
- La verdad me encantaría decir que no… - él esbozo una risita lo que provocó que lo mirara de soslayo, lo vi negar con la cabeza – Él sigue siendo el mismo
- ¿Y tú, sigues siendo el mismo? – esa pregunta se salió entre mis labios como el aire que expiraba. Fue inconsciente, algo que yo no planeaba decir, pero mi corazón sí.
- ¿Por qué lo preguntas? – sonrió
- No lo sé – suspiré, me sentía nervioso
- En realidad… - su voz sonó un poco más débil – Yo no soy el mismo… Pero veo que tú tampoco – carcajeó – Te ves mejor que yo
- ¿Qué sucede contigo, Marcos?
Giré mi cuerpo y me recargué en una columna de hierro que sostenía el refugio de la parada del bus. Sus ojos se cruzaron con los míos, el verde de su mirar me entristeció.
Dulce melancolía, volvía a tenerte nuevamente dentro mío. Me sonreí, al tenerlo frente a mí lo único que sentía era la melancolía de esa noche.
- Perdóname – susurró – No supe que decirte esa noche…
- Eso quedo en el pasado, Marcos
- No. Si así fuese… Tendría que haberlo superado
- ¿Superar? No queda nada que perdonar – le sonreí para demostrarle que yo sí lo había superado. Mentí
- Dejaste la carrera por mi culpa… Tu trabajo… tu vocación. Todo por mi culpa
- Estoy bien ahora. Tengo un trabajo estable y estudio idiomas para seguir progresando.
- Entonces ¿Por qué te fuerzas a mentirme?
Quedé estático. Aún tenía ese don de leer mi mente. Tal vez no había cambiado tanto como yo creí, seguía siendo el mismo. Seguía pensando igual que antes, sólo que buscaba entretenerme con más trabajo y lo del idioma. No podía mentirle. Jamás pude. Así como jamás podría olvidarme de sus bellos orbes esmeralda.
- ¿Creíste que no me daría cuenta? – carcajeó – Que tonto eres, René… - extendió su brazo para pasarlo sobre mis hombros, así como antes. Sentí su cálido aliento contra mi mejilla y en un susurro su voz contra mi piel – Eres muy tonto…
Les conté sobre mi sueño, ese que se convirtió en una tonta fantasía utópica, en ese preciso momento mi cuerpo no lo detuvo y mi mente se desconectó. Sentir sus labios contra los míos fue más que un sueño hecho realidad. Aunque el dolor que sentí y el increíble llanto de mi corazón, provocaron que de mis ojos emanaran unas pequeñas gotas saladas que recorrieron mi rostro y el suyo.
Dolía mucho. La espera por ese momento de gloria había sido arduo, y más porque ya no esperaba que esos rosados y finos labios me besaran como lo hacían en ese instante.
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